Por: Carlos Lizana Mardones 26 de enero del año 2026

Hace apenas unas semanas, la exministra Ángela Vivanco aparecía en los principales canales de televisión abierta intentando recomponer su imagen pública. En esas entrevistas nunca asumió responsabilidad alguna por las acusaciones que la rodeaban, ni mucho menos ofreció disculpas a la ciudadanía por haber utilizado su cargo para obtener beneficios indebidos.
Su estrategia comunicacional se centró en proyectar normalidad y credibilidad, pero terminó revelando una desconexión profunda con la realidad y con el deber ético que exige un puesto de tal envergadura.
La detención de la exministra Ángela Vivanco, ejecutada por el OS-7 de Carabineros en el marco del caso “Muñeca Bielorrusa”, se transformó en una escena cargada de simbolismo institucional: salió de su domicilio esposada, aunque con las manos cubiertas para ocultar las esposas, gesto que revela tanto la intención de proteger su imagen como la contradicción entre la autoridad que alguna vez encarnó y la condición de imputada que hoy enfrenta. Este detalle no es menor: la cobertura mediática expone la tensión entre el poder judicial y la ciudadanía, mostrando cómo quienes ocuparon cargos de máxima responsabilidad intentan preservar dignidad en medio de acusaciones de cohecho y lavado de activos. La intervención del OS-7, unidad especializada en delitos complejos, subraya la gravedad del caso y marca un quiebre en la narrativa de impunidad que ella misma buscó instalar semanas atrás mediante entrevistas televisivas. En definitiva, la escena sintetiza el derrumbe de una estrategia comunicacional y la irrupción de la justicia como recordatorio de que ningún cargo, por alto que sea, está por encima de la rendición de cuentas.
Estaremos atentos al desarrollo de esta trama, siguiendo cada movimiento judicial y político que surja en los próximos días.
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